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Datos:

Título: Las hijas de Tara
Editorial: SM

Edición en rústica
Colección: Gran Angular
Páginas: 236
Año de publicación: 2002
Ilustración de cubierta: Colin Anderson - Age Fotostock
ISBN: 84 348 8629 2



Increible, mi primera recomendación/crítica literaria y ni una sola idea de como hacerla... Ante todo mi sinceridad: me gustó. Vale, casi que como crítica lo desecho. ¿A quién se le ocurre hacer una supuesta crítica y decir solamente que le gustó o no?


Vamos al tema: ¿conoceis a Laura Gallego? Aquellos que no han contestado aún es porque ya han contestado ^^. Al hablar de Laura Gallego probablemente os venga a la cabeza la archiconocida Memorias de Idhún ( pero ese es otro cuento... os aseguro que haré una crítica en su momento...). Para los que no la conozcais os dejo un extracto de la wikipedia:


Laura Gallego García nació el 11 de octubre de 1977 en Quart de Poblet (Valencia). A los once años comenzó a escribir con su amiga Miriam, la que sería su primera novela sin publicar, Zodiaccía, un mundo diferente (disponible en su página web). A los 21 años, cuando estaba estudiando Filología Hispánica, escribió la novela Finis Mundi, con la que obtuvo el primer premio en el concurso El Barco de Vapor de la editorial SM. Su segundo premio en el concurso El Barco de Vapor lo consiguió con su novela La leyenda del Rey Errante, libro que ella consideraba mejor que el anterior.
Es fundadora de la revista universitaria Náyade, repartida trimestralmente en la Facultad de Filología y fue codirectora de la misma desde 1997 a 2000.
Su primera novela publicada fue Finis Mundi (1999), pero obtuvo mayor popularidad con su trilogía Crónicas de la Torre. A raíz de esa trilogía surgió un gran interés por su obra, especialmente en Internet. Pero aunque su fama se debe principalmente a las novelas juveniles, ha publicado también obras dirigidas a un público infantil (Retorno a la Isla Blanca, El cartero de los sueños), incluyendo a los prelectores (serie de Alba). En 2004 comenzó su segunda trilogía, titulada Memorias de Idhún, cosechando su mayor éxito hasta el momento, con más de 750.000 ejemplares vendidos. Después de esta exitosa trilogía ha publicado otros dos libros: La emperatriz de los etéreos (2007) y su última novedad Dos velas para el diablo (2008)
En la actualidad vive en Alboraya, un pueblo cerca de Valencia y realiza su tesis doctoral sobre el libro de caballería Belianís de Grecia de Jerónimo Fernández, publicado en 1579.
Su último libro publicado es: Alas Negras (segunda parte de Alas de Fuego. Sí, a este también le haré una crítica, y sí también a: os aburrireis de leer mi caótica escritura)



El género en el que está catalogado este libro es... (redoble de tambores): ciencia ficción. Género del que no había leido nada en absoluto ( lo siento, pero me dedico al fantástico con matices de vampírico aunque no descarto leer más cosas en el futuro). Yo pensaba "el tema robots y demás cachivaches mecánicos no me va, demasiado técnológico para mi". Error. No había leído Las hijas de Tara.
Las hijas de Tara se desarrolla en un mundo en el que el hombre (dios y señor del universo) ha desarrollado la técnología hasta límites insospechados. Esto suena extrañamente familiar, ¿verdad?. El hombre y sus ansias de poder sobrenatural encaja bastante bien con la actualidad y con el desarrollo de la técnología para facilitarnos la vida. Este es el mundo en el que se mueve Kim, nuestra pequeña protagonista. Kim es una humana mejorada biotecnológicamente, lo cual la convierte en una especie de superwoman, que se dedica a hacer trabajillos para La Hermandad Ojo de la Noche ( una hermandad de mercenarios que hacen el trabajo sucio de las grandes compañías). Su historia comienza con un cambio en un encargo de su hermandad que no será la misión más fácil de su vida,. Y hasta aqui puedo leer. No quiero spoilearos.
Pero Kim no es la única protagonista de esta historia, atención a la reseña:
El mundo natural de Mannawinard lleva mucho tiempo enfrentado al mundo tecnológico de las dumas. Cinco humanos de diferentes orígenes y un androide tienen la solución; pero antes deberán encontrarse y emprender juntos un viaje lleno de peligros donde mercenarios, mutantes y robots destructivos intentarán acabar con sus vidas.
Pista número 2: Keyko, la chica oriental, de edad aproximada a la de Kim y, más importante aún, una hija de Tara con una vital misión. Nota: las hija de Tara defiende a muerte a Mannawinard. ¿Nada aún? Ya, he olvidado comentar algo. Mannawinard es el mundo natural, lo cual, claro está, choca con el tecnológico mundo de las dumas del que viene Kim. De hecho Mannawinard, creación de la diosa Tara, está en continuo enfrentamiento con las dumas con el fin de preservar a la humanidad.
Esto ya se va poniendo interesante, ¿verdad? Ya tenemos: una guerra ancestral y un par de jovenes que, sin saber muy bien por qué, están en el medio de este jaleo. Sé que no es demasiado, pero el resto podreis descubrirlo al leer esté fantástico libro.
Sólo destacar una cosa más: la perfecta combinación de ciencia-ficción y fantasía que hace posible Laura Gallego.
Como ya habeis leido al comienzo de esta entrada, en mi primer intento fallido de crítica, es altamente recomendable.

Para los que os habeis quedado con ganas de más (espero que muchos) aquí esta el prólogo: CLICK AQUÍ
Me siento mal. Mi mente no me deja pensar con claridad. Estoy agotada psicológicamente, pero aún me quedan fuerzas para intentar recordar.

¿Dónde estoy?. Miro a mi alrededor: las cortinas moradas colgando del cajón de la ventana, los zapatos del día anterior tirados en el suelo,mi libro favorito abierto por la página donde lo dejé y mi gato Tafy acostado a mis pies, enroscado como una pequeña bola peluda. Si, estoy en mi habitación. Debí quedarme dormida mientras leía. Es lo último que recuerdo.

Y, esa voz. No recuerdo con claridad de quién procedía. Sé que era producto de mi mente, pero ¿en realidad, en lo más profundo de mi subconsciente, conocía al ser del que emanaba aquella voz? Era tan dulce y masculina. Durante el breve instante que logré captarla, me provocó una extraña sensación de protección. Cómo si una simple voz creada por mi imagiación pudiera salvarme de cualquier peligro al que me expusiera. Qué bobadas.

Pero ahora, aún aturdida por las horas de sueño que había mantenido, viendo la claridad del día a través de mi ventana, recostada en aquella amplia cama, no podía dejar de pensar en la voz. Esa voz.

"Suyay...dicen que después del ocaso siempre, pase lo que pase, sale de nuevo el sol" fueron las palabras que aquella voz pronunció dentro de mi mente. Suyay. Me había llamado por mi nombre, entonces debía de conocerme y, en tal caso, se supone que yo también a él.

"Te encontré". Me susurró a continuación. Esa frase aún me hacía pensar más en la extraña voz.

- Te encontré - Volví a pronunciar en un tono casi audible. Aquellos extraños sueños estaban volviendome loca. Me sentía observada mientras dormía. Y lo peor de todo es que se repiten constantemente. Yo, sola, en el vagón de ese tren, con los asientos color rojo y esa voz que me habla.

De repente sentí un escalofrío que recorria todo mi cuerpo. Hoy tenía que cojer un tren hacía San Francisco, en California. Iba a ver a mi queridisima prima Cloe, como habituaba a hacer cada vez que pillaba unas vacaciones.

- Espero que los asientos de los vagones no sean color rojo- Dije en tono de burla mientras cojía a Tafy y lo abrazaba, despertandolo así de su profundo sueño.

Entonces volví a mirar por mi ventana, con Tafy en mis brazos, y ví que el sol estaba en lo más alto del cielo. El reflejo de sus rayos sobre el mar cubría de luz la habitación. Estaba en la ciudad de San Diego, también de California, dónde vivía desde hace varios años. Pero aunque gran parte de mi jóven vida la había pasado en esta hermosa ciudad, nunca podría decir que había nacido aquí, puesto que no sería cierto.

Mi madre, Grace, y mi padre, Thomas, nacieron en Londres, se conocieron en la universidad mientras preparaban su carrera de historiadores, y se casaron. Después los mandaron juntos de expedición a un pueblecito de África, cuyo nombre no recuerdo. Allí nací yo. Una hermosa niña pelirroja, de tez blanquecina y ojos grandes y verdes. Mi precioso rostro de niña dulce cautivaron al jefe de aquella tribu, al verme recién nacida, por lo que decidió, si mis padres lo permitian, ponerme él el nombre, como hacian con todo los recién nacidos del lugar. Suyay. No está mal. Es exótico y a la vez cautivador.

Pensar en esos recuerdos difuminados me hacían olvidar por momentos mis horribles sueños, que me perseguían constantemente. Pero, por mucho que lo intento, no lo consigo. Siguen ahí, atormentandome.

Solté a Tafy, que estaba utilizando toda su fuerza para desacer el nudo que había formado con mis brazos alrededor de su pequeño cuerpo. ¿Qué hora sería? Me pregunté. Giré la cabeza y miré el reloj de mesa que tenía junto a la lamparita, encima de la mesita de noche. Las nueve y cuarto. Aún tengo tiempo suficiente para darme una ducha fría, que me despejaría de los sueños. Incluso me daría tiempo a pasear por la orilla del mar, como tantas mañanas hacía de camino al trabajo. El tren que me llevaría hacia mi destino no salia hasta las doce y media de la mañana, así que me daría tiempo de hacer suficientes cosas antes de irme. Todo menos la maleta que ya llevaba preparada dos días.

Eché la ropa de la cama hacía atrás, ya tenía calor, y me estiré mientras bostezaba. Puse ambos pies en el suelo, frío y delicado, y me agradó la sensación que produjo en mí. Me dispuse a levantarme, mientras observaba como había dejado la habitación la noche anterior. Era una jaula de leones. Tendría que recogerla si no quería sentir a Grace Olwen, mi madre, pegarme voces durante el rato que estubiera en mi casa.

Ya de pie, me dirigí hacía el enorme espejo que ocupa toda una puerta de mi espacioso armario, y me observé detenidamente. Tenía el pelo enredado y revuelto, debido a la postura que mantenía durmiendo. Mis ojos, grandes y verdes, estaban manchados de negro por la parte inferior, debido al lapiz de ojos que usé la noche anterior y que no había quitado al acostarme. Mi cuerpo seguía siendo tan delgado como siempre, sin una pizca de grasa que sobrara por ninguno de los lados.

Abrí el armario y cogí un chandal rosa que me había comprado hacía unos días, y que aún no habia extrenado, y una camiseta blanca. Iría a correr un poco por la playa antes de ducharme e irme a la estación.

Me dirigí al baño, con la ropa en la mano. Por el pasillo me encontré a mi pequeña hermana, Susan, que iba dispuesta a molestarme.

- Suyay, ¿Ya te has levantado?- Me preguntó con esa voz tan dulce que solían tener los niños de no más de 8 años.

- Pues no me estás viendo, canija.- Respondí de forma un poco grosera. Siempre me estaba incordiando.

- Ya era hora, te va a crecer el trasero como sigas durmiendo de esa manera- Me contestó entre risas mientras salía huyendo.

"Será estúpida" pensé.
Entré al baño y me lavé el rostro. Cojí una goma del pelo, y recogí mis largísimos cabellos rojizos en una coleta. Me puse mi chandal y salí de allí hacía la cocina.

En la cocina se encontraba mi madre, recogiendo algunas de las cosas que mi hermana, al desayunar, había dejado en medio.

- Buenos días- Dije a mi madre mientras me acercaba a ella para darle mi rutinario beso.
- Buenos días, Suyay- Me contestó - ¿Dónde vas tan temprano?.
- Voy a correr un poco por la playa, antes de coger el tren. Llevo varios días sin hacer deporte y así tengo una buena excusa para estrenar mi chandal nuevo.- Dije mientras cogía un par de galletas de la despensa.

- Muy bien, hija, pero desayuna algo más que sólo unas galletas. Estás muy delgada.
- Sabes muy bien, madre, que la comida en ayunas no me sienta para nada bien.
- Si, lo sé. Pero aún así sigo pensando que deberías comer más.
- Madre, como cuanto me apetece, pero no engordo. Y ahora me voy a hacer deporte. Hasta luego.- Dije mientras salía por la puerta de la cocina.
- No me extraña que no engordes, si no paras de hacer deporte...- Me contestó, casi a voces para que yo la escuchara, puesto que ya me encontraba en la entrada de mi casa, dispuesta a salir corriendo.

Corrí varios kilómetros por la orilla de la playa, con la agradable sensación que me producía el viento al rozar con mi piel, con mis cabellos atados con una goma. La playa estaba vacía, ni un solo alma vagando por aquel hermoso paraje natural.

Cuando ya estaba casi de vuelta, mientras corría, con los cascos de mi mp3 en los oidos, escuchando mi música preferida, tuve una sensación muy extraña. Notaba como si alguién a mi alrededor me estuviera observando detenidamente. Miré a mi alrededor, pero no dislumbré a nadie. Entonces seguí corriendo.

Al cabo de unos minutos, mezclado con el sonido de la música que iba escuchando, distingí otra vez aquella voz, la voz que aparecía en mis sueños, que me decía "Suyay, te encontré". Entonces noté como una mano, supuestamente humana, se apoyaba en mi hombro derecho, agarrandolo con fuerza. Por unos instantes se apoderó de mi una sensación de terror incontrolable. Me giré para ver quién o qué había sido aquello, y caí al suelo. Entonces ví que allí no había nadie. Estaba completamente sola en toda la playa. Me vino un ataque de pánico, me estaba volviendo loca. Mi respiración se aceleró hasta el punto de que mis lágrimas salieron solas de las fosas lacrimales, sin poderlas controlar. Y rompí a llorar desconsoladamente.

Había escuhcado de nuevo aquella voz, pero ésta vez había sido real.




Escrito por Zafrii
Mis dedos pasean nerviosos por mi colgante como ya lo han hecho miles de veces. Me gusta sentir las hendiduras que representan letras de un lenguaje desconocido para mí. No recuerdo desde cuando lo tengo. Lo que sí está grabado a fuego en mi mente es el momento en el que mi padre, siendo yo niña, me explicaba que este símbolo plateado representa el infinito.
Que recuerdos.
El traqueteo del tren me lleva de la mano por mis momentos más felices. Siento el candor de mi hogar.
El día cae. Los últimos rayos del sol son, sin duda, los más intensos, como si emplearan todas sus fuerzas para vencer al manto negro que intenta atraparlos. Algunos de ellos buscan cobijo en mi cabello, que a su luz parece el más vivo fuego.
Estoy agotada y llena de cicatrices.
Rozó con mis dedos el terciopelo rojo que cubre los asientos del compartimento en el que estoy.
Viajo sola, con una mochila por equipaje.
Miro por la ventana. Algunas gotas de lluvia comienzan a entonar una sútil melodía con los compases que marca el tren.
Esto parece una ironía del destino. Yo, en la más profunda soledad, viajando en tren hacia el ocaso.
"Suyay [1]... dicen que después del ocaso siempre, pase lo que pase, sale de nuevo el sol" susurra una voz masculina en mi mente "Te encontré"





[1] Suyay quiere decir esperanza en quechua.


Escrito por Momentos Musa.

¡Hola! Antes que nada, me presento. Soy Nimphie, de Argentina y tengo 19 años. Escribo desde que tengo 12 y, cómo no, me encantaría ver alguna de mis novelas publicadas. Actualmente estoy trabajando en una novela más bien para adultos (aunque la mayoría de mis lectores sean chicas adolescentes, jeje^^), que estoy publicando aquí: MENFIS.


En esta ocasión les traigo un cuento titulado El Circo Nocturno. Espero que les guste ;)

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Durante el día, LAS BESTIAS dormían agazapadas en sus jaulas oxidadas y envueltas por las tinieblas. Dormían, ajenas al mundo y al hambre. Ajenas al sol, pero dueñas de la noche y sus delicias, divas ofídicas, aterciopeladas y sumisas por añadidura, se vestían de seda y perfumaban su pelaje con las fragancias que disfrazaban el hedor animal...

Muy lejos del hogar de las bestias estaba el sitio donde habían nacido. Las incubadoras permanecían intactas, pero los científicos eran más viejos: sus miradas, más cansadas, sus arranques de furia, más frecuentes. El fracaso era la peor bestia de todas. Los errores se sucedían día a día y la muerte era la única solución, la perfecta escapatoria. Borrón y cuenta nueva en el inventario terrible de las vísceras robadas. La sangre contaminada fluía por el desagüe, ríos escarlata con sabor a desesperación y a cobre podrido.

CHRONE era el miembro más joven de aquella secta de lunáticos y el que tenía en su currículum la mayor cantidad de desgracias. Había dejado ciego a un conejo con la luz de la incubadora. Después de muchos meses, el desdichado animal transgénico había desaparecido. Y luego de cinco años, ya nadie se acordaba de él. Ni siquiera Chrone. El olvido era una bendición, una gracia divina.
Lo mismo había sucedido con un perro hacía veinte años.
Y con el gato hacía quince.
Y con el ratón hacía diez.
Y Chrone estaba seguro de que las cosas serían iguales para aquella infeliz serpiente. Mas no fue así: luego de más de cincuenta años habían logrado un pequeño éxito.
Pero la Desgracia se presentó en los laboratorios aquella noche de invierno, materializada en el fuego que lo arrasó todo. Exigió sacrificio de carne y de sangre y devoró con gula jadeante los metros cuadrados más importantes.
Con denodados esfuerzos y capitales extranjeros, los científicos y los ingenieros reconstruyeron los laboratorios Jezabel. Pero nada era lo mismo. La serpiente había muerto y los datos de su creación ahora eran cenizas.



Una exaltada multitud se arremolinaba bajo la fachada del nuevo salón de la Arkham Avenue. Se llamaba Circus y brillaba con toda la macabra fantasía de su cartel de neón fucsia. Nadie sabía el motivo de aquel nombre y todos querían averiguarlo. Y Chrone también.
Cuando entró, el aroma del incienso le llegó tan sólido como el cuerpo que bailaba sobre el escenario. Era una joven terriblemente hermosa, si es que a la Hermosura no le ofende llevar tal adjetivo. Esbelta, de cabello rubio con reflejos rojos; sus largas piernas desnudas se enredaban entre los lazos de seda como un bebé ahorcándose con el cordón umbilical. Chrone estaba hipnotizado con el brillo de aquella piel, con aquellas pupilas alargadas y con la lluvia sanguinolenta de esos cabellos rojos que se mezclaban en el manantial dorado.
—Se llama TABBY[1] —oyó que decía alguien.

Era el tercer orfanato del que se escapaba y estaba seguro de que nadie lo echaría de menos. Mejor así. Detestaba a todas aquellas mujeres vestidas de negro que se pasaban horas y horas rezando el rosario. Pero mucho más odiaba (y no sin motivos) a aquel tipo que iba una vez por semana para llevárselos a un cuarto oscuro y oír todos sus pecados. Con sus diecisiete años, DEMIAN ya sabía cuáles eran sus pecados favoritos.
—Eres una serpiente –decía siempre aquel hombre. Y Demian sospechaba que tenía razón.

TYPHOON era el dueño y el regente de Circus. Saltándose todo protocolo, solía vérselo detrás de la barra manipulando botellas y vasos con la maestría que es fruto de los años de práctica. Desde que había quemado sus libros de manipulación genética, horrorizado por los experimentos que se llevaban a cabo en los laboratorios clandestinos, se dedicaba a expiar sus pecados junto a las bestias huérfanas.
Pero, a diferencia de ellas, él no vestía ningún disfraz. Su atuendo consistía en el delantal negro, la camisa y la sonrisa. Los llevaba todas las noches, y los llevaba cuando conoció a Demian. Pero en cuanto oyó su petición, la sonrisa se le esfumó del rostro.
—No calificas —escupió, con desprecio.
—Anda, vamos... Te aseguro que lo haría muy bien.
—Ya te lo he dicho —insistió Typhoon. Se inclinó por encima de la barra y le dijo, remarcando cada palabra con crueldad—: no eres como ellos.
Demian se giró para observar a las bestias. Una (la acróbata que estaba en el escenario, enredada entre los lazos de seda) era esbelta y tenía el cabello teñido de rubio y rojo. El segundo (Demian lo identificó por el collar) estaba con la espalda apoyada sobre una columna. Era muy atractivo y no mostraba ningún interés en las miradas que le arrojaban los clientes como dardos envenenados.
—¿Quién es él? —preguntó Demian.
—SCHERBEROS[2].
Demian se volteó hacia Typhoon, algo turbado. En verdad no estaba a la altura de aquellos dos.
—¿No tienes algún trabajo para ofrecerme? Lo que sea.
Typhoon alzó las cejas, divertido. Tenía dinero para contratar un sirviente.
—Está bien. Sígueme.

—Dios… —dijo Demian. Pensaba que nada podría superar al vertedero de Urimagüe Town, pero en ese sitio los olores se habrían levantado para saludarle—. Dios —repitió.
Ante él se desdibujaban, con toda su odiosa y pestilente suciedad, unos enormes confesionarios de barrotes oxidados. Demian se tambaleó y se aferró de una puerta de metal. Asqueado, sacó la mano como si se hubiese quemado, observando con patética repugnancia la lámina de baba traslúcida que se le escurría por los dedos.
—Tienes que limpiar las cuatro jaulas antes de las cinco de la mañana —dijo Typhoon—. Te pagaré cuando termines. —Y sin decir más, Typhoon cerró la puerta de la Cámara de las Bestias.
Durante el día, las jaulas cumplían la pacífica tarea de mantener las bestias encerradas. Allí, ellas descansaban de la noche y digerían las comidas ganadas con sudor y esfuerzo animal. Pero las jaulas sabían su secreto y por eso las bestias las odiaban. Detrás de los barrotes se escondía su miserable y verdadera naturaleza: la mugre de sus uñas, sus excrementos y su orina, el pelaje maloliente y los parásitos internos. Las jaulas eran el infierno y Typhoon, el Caronte carcelero.
Pero ellas no odiaban a Typhoon, ¿cómo hacerlo?
Ellas lo amaban con toda la furia de sus corazones de bestia porque era el único que les daba cobijo. Cada cinco años, un nuevo animal transgénico creado en Jezabel llegaba a sus brazos y Typhoon lo cuidaba con todo el sangrante amor de quien se arrepiente de sus pecados.
Cuando Demian se metió en la primera jaula para limpiar las heces, sintió una extraña conexión con aquel aroma rancio y penetrante. Una sensación de deja-vù que bien podría haberle adjudicado al sueño y al hambre.
Pero no era cierto, porque la jaula sintió lo mismo.
Lo que Demian percibió fue que conocía al animal que dormía allí durante el día. Pero eso era absurdo, imposible, ridículo.
—¿Hola? —exclamó, dándose la vuelta.
—¿Quién eres tú?
Demian se sobresaltó y cayó sentado sobre los excrementos. Un chico flaco y enjuto le miraba desde la jaula más pequeña, sosteniendo una manzana entre sus manos. Le dio una mordida a la manzana y el sonido de succión retumbó en la sala y en los oídos de Demian como un gigantesco gong.
—Mierda... casi me matas del susto.
El chico abrió la puerta de la jaula y salió.
—Lo siento —se disculpó—. No te conozco, ¿eres nuevo?
Demian frunció el ceño y parpadeó. Podía ser que fuera culpa del sueño pero bien parecía que estaba contemplando un fantasma. Blanco como la cera, como la nieve, como la coca, el chico-fantasma sonreía con unos dientes tan blancos como la cera, como la nieve y como la coca, y una lengua rosada y sedosa lamía el jugo que fluía de la manzana. Demian sintió náuseas. Odiaba el olor de las manzanas. Y también odiaba los fantasmas.
—¿Vienes de una fiesta de disfraces o qué? —rió, sacudiéndose los pantalones, contemplando con sorna aquella pequeña alimaña blanca. El fantasma juntó sus cejas pálidas por encima de sus ojos rosados. Ups. Demian no se acordaba el nombre de aquella enfermedad. Albi… Albi… ¿Albinismo?—. Oye, lo siento, no quise...
—Está bien —susurró el albino, encogiéndose de hombros—. Hoy no me sentía bien y Typhoon dejó que me quedara descansando —comentó, abriendo su boca coralina y engullendo la manzana de un bocado. Demian observó con repulsión los dos enormes dientes nacarados—. Pero ya me siento mejor.
—Qué bueno.
—Me llamo BUNNY[3] —exclamó el albino, chupándose los dedos, limpiándolos en su trajecito de satén rosa y alargando una mano pálida.
—Demian —respondió, estrechándola. Fue entonces cuando, teniéndolo ahora tan cerca, pudo confirmar su sospecha: sacó la lengua con una mueca y puso los ojos en blanco. El chico permaneció impávido, con la mirada perdida.
Como bien lo había imaginado: era ciego.
Y no era humano.
Con los sentidos extasiados, Demian se abalanzó sobre él.

FIN


[1] Tabby: gato atigrado, en inglés.
[2] Juego con el nombre de Cerbero, el perro del Inframundo.
[3] Bunny: conejito, en inglés.

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